El periodista Gustavo Sierra dio una conferencia de prensa invitado por los profesores Oscar E. Bosetti y Daniel Vittar. Fue el viernes 26 de octubre en el marco del seminario Experiencias productivas y Experiencias profesionales de la Maestría en Periodismo de la UBA.
Gustavo Sierra, Buenos Aires, 1956. Es periodista desde hace tres décadas. Recibió el premio Konex a la redacción periodística 2007. Actualmente se desempeña como Prosecretario de Redacción de la sección de Política Internacional del diario Clarín. Cubrió las guerras en Afganistán e Irak y las elecciones en Estados Unidos y México. Fue corresponsal de la Casa Blanca y jefe de la oficina de Washington de las cadenas de televisión CBS-Telenoticias y NBC-Canal de Noticias. Integró el primer equipo de CNN en Español como jefe de redacción, en Atlanta. Fue corresponsal de Univisión en Estados Unidos, Chile y Argentina. Anteriormente fue corresponsal de Editorial Perfil en Londres y Nueva York. Fue editor del servicio latinoamericano de Associated Press en Nueva York. Ganó la beca Hubert H. Humphrey para el Entendimiento Norte-Sur y tiene un Master's en Periodismo de la Universidad de Boston.
Parece menos corpulento que en las imágenes televisivas, su aspecto es más formal que en las transmisiones desde Irak, donde aparecía mal rasurado y en campera o remera. Llegó tarde. Saludó. Pidió disculpas por la demora, criticó la mala costumbre vernácula de citar a una hora para empezar una hora después. Mientras sobre el escritorio frente a él se amontonaban modernos grabadores digitales y antigüedades a cassette, explicó que en otras regiones eso no se hacía y que “En el resto del mundo hay un micrófono y una consola de salida de sonido donde todo el mundo va a poner lo que tenga que poner”.
Empezó a hablar decidido, sin vacilaciones, como quien tiene muy claro lo que va a decir. Anunció una mala noticia y una buena. Comenzó por la mala, porque, aclaró, es lo que dicen las encuestas. “El periodismo ya no existe.” –desafió como un Nietzche de la comunicación.
Es un profesional de una larga trayectoria, pero su rostro y su voz se hicieron familiares al gran público durante la neurálgica cobertura para el diario Clarín, Radio Mitre y Canal 13 de la guerra de Irak. Ante las dificultades de actuar en esas situaciones límite, el autor de Bajo las bombas destaca “La ética es una sola, no mentir, no inventar, no manipular, no intentar meter mensajes subliminales, como cosas básicas. Esto es una cuestión de vida.”
No quiere hablar de eso, pero se aviene “¿Quién cubre una guerra? Si el periodismo no existe tampoco existen los corresponsales de guerra. Si no, yo hubiera trabajado solamente tres veces en mi vida. Lo cual me hubiera encantado” –bromea – "¿Cómo uno llega a esto? Con una formación de muchos años, una formación personal Estás en una línea muy fina entre la vida y la muerte ahí la profesión no tiene tanto que ver. Sos un profesional especializado en temas internacionales y cada tanto vas a cubrir una crisis política, y a veces una guerra. ¿Cómo te plantás ante eso? En una guerra no sabés cómo vas a reaccionar, por lo tanto, profesionalmente mejor que sepas absolutamente todo lo que tenés que hacer, después ves, si haces la nota primero o salís corriendo. Nadie sabe como vas a reaccionar ante la vida y la muerte”.
Gustavo Sierra eludía el tema de la guerra, de la muerte corporal, quería advertir sobre una nueva forma de vida, en este caso profesional.
Apoyado en la modificación producida por la bisagra tecnológica, evoca, “Yo empecé con la máquina de escribir, el télex desde donde teníamos que mandar las notas a cualquier lugar del mundo… tuve la primera experiencia delante de un ordenador en 1982 en la Asocieted Press … era una carcaza enorme.” La historia de su oficio es la del salto entre las Remington y Microsoft. Y cuenta más: “Mi primera PC pesaba 15 kilos y tenía impresora de papel térmico incorporado” desde aquel momento hasta el presente en que se puede transmitir desde teléfono satelital pasaron treinta años.
La voz que relató a la Argentina las conflagraciones del petróleo, es la misma que insiste en discutir el porvenir “Los diarios en el futuro no van a ser algo masivo. La diversidad va a ser enorme, muy pequeños nichos. Hoy existe tal concentración que si no trabajás en dos o tres empresas no trabajás … o sí… pero los sueldos son muy malos, las perspectivas de desarrollo son muy malas” –enfatiza- “si no hay vuelta atrás, si están seguros de que van a hacer esto, si no van a hacer ciencia, este va a ser el siglo de la biología” – cuestiona desafiando vocaciones - “si no hay remedio veamos qué es lo que hay que hacer. No sé a dónde llega el camino… pero es un camino mucho más difícil que el que recorrimos nosotros… van a tener que estar formados diez veces mejor que nosotros. Van a tener que encontrar la veta de la expresión artística…” - insiste- “no sólo el contenido, ¿cómo hago para vender el contenido…a algún organismo, gobierno? ¿Qué hago para desarrollarme?” se pregunta poniéndose en la piel de su auditorio.
Poco más de medio siglo de vida y más de la mitad describiendo la realidad y adaptándose a los cambios, le permiten señalar que “el periodista generalista va a ir convirtiéndose en una máquina, en pocos años va a estar hecho por máquinas ese tipo de trabajo… hay que empezar a trabajar en proyectos personales más allá de que estés en una organización o no… por sobre todo pensando el contenido que después vas a volcar en diferentes soportes, formas…”
Mientras habla, sus ojos miran sin detenerse en un punto. Su cabeza gira lenta como en un paneo general, (costumbre de andar con su cámara y filmar, pienso) no sonríe. Conserva un semblante casi inexpresivo. Su mirada no manifiesta emoción. Este hombre de aspecto prolijo y de gesto sobrio, de tono enérgico y firme, habla de vender contenidos, de vivir de un sueldo, de la imperiosidad de manejar todas las herramientas multimedia, de la necesidad de dominar el idioma inglés, de la ventaja de conocer el chino, de poder realizarse en un trabajo y no terminar en una enorme frustración. El mismo testigo de la masacre en Oriente Medio y Asia Central y de tanta violencia social en la rebelión Aymará o en su incursión en el mundo de las Maras centroamericanas, da por finalizada su exposición.
Abre el juego a las preguntas. Revela que “Internet está en cero. Recién empezaron. Está todo por hacer.” Y adelanta “Ahora viene la batalla. Algo que yo no hice: está abierta la posibilidad de abrir un sitio de Internet con tu nombre gratis. ¡Háganlo! – aconseja- Los grandes sitios de Internet van a valer mucho dinero. Todo va a pasar por ahí. En cuanto a los (productos) multimedia… por ahora hay repercusión, pero todavía no está valorado. Hay que ver cómo viene la comercialización. Está todo abierto. Internet es el camino.”
Subraya la proactividad del periodista del futuro, la necesidad de generar sus propios materiales, recursos y posibilidades de negocio. Insiste en la planificación personal, en la capacidad de decidir. Más adelante dirá que estuvo “en Bagdad cuando comenzó la guerra porque conseguí la visa después de cinco meses de intenso trabajo con el gobierno iraquí y la embajada iraquí en Brasilia. La organización para la cual trabajo no previó de ninguna manera esto.”
Su discurso es provocador, incita a la polémica. No vino a endulzar oídos. Proclama conceptos políticamente incorrectos: “Creo que hay que tener algún tipo de márgenes. Alguien tiene que marcar la raya.” protesta. “En FOPEA intentamos crear una cierta ética para esta profesión. Hoy cualquiera puede ser periodista.”
A pesar de los fallos de las Comisiones de Derechos Humanos que sustentan y fundamentan lo contrario, se declara partidario de colegiar la actividad.
La profesionalización verificaría la idoneidad para un trabajo que cada vez exige mayores competencias “Lo que hace un colegio de periodistas es marcar los límites para ejercer esta profesión,” -argumenta- “de esta manera terminamos con las escuelas de periodismo de estas truchas que hay en nuestro país.” Por única vez se justifica diciendo que lo suyo “No es una actitud corporativa.” Para subrayar su convicción declara que es parte del Foro de Periodismo Argentino “ahora hay un congreso en noviembre de FOPEA que va a tratar exactamente este tema…” sin embargo señala que “Hay una gran oposición basada en la libertad de expresión. ¡A mí me sorprende que viejos periodistas se oponen! ¡El gremio se opone!” El debate no se produce.
Ser un cronista de situaciones extremas tiene consecuencias
El diagnóstico clínico que describe el malestar emocional y psíquico que se padece tras experimentar situaciones violentas se denomina trastorno por estrés post traumático (TEPT). “Hay estrés post traumático en cualquier situación de guerra y te lo traés en la mochila, tuve episodios de depresión,” -reconoce- “todos lo tuvimos, y lo logré pasar con terapia. Después de Afganistán sobre todo, que fue mi primera experiencia, una vez que estuve allí expuesto a esto, volví con una situación de depresión… es lo que vos te llevás. Tiene que ver con el ser humano: lo construimos todos los días y ahí con esa depresión estuve unos meses muy pocos tomando pastillas –cuenta- Y cuando estaba en Irak no tomé más, ahí te curás o te curás… lo logré superar… otros no, hubo ataques de pánico, entre los compañeros menores, menos preparados…”
Admite haber asistido a los cursos del Centro Argentino de Entrenamiento Conjunto para Operaciones de Paz (CAECOPAZ), pero asegura que nada prepara sino la propia madurez profesional y humana.
“No hay empresa periodística que comprenda este tipo de cosas, ... ni siquiera me preguntaron jamás cómo me sentía. Por lo tanto si a la empresa donde vos trabajás, si vos pensás que todo está puesto ahí, en ese trabajo, sos un idiota.”- se explaya para revelar cómo se enfoca semejante reto, cómo se vincula la empresa con el empleado – “Creo que lo que hay que hacer es: (decir) yo voy a cubrir una guerra porque yo creo que estoy preparado para hacer esto, porque creo que profesionalmente es el momento justo y logré la posibilidad de ir, la logré después de trabajar mucho para que me dejaran ir en el diario.”
El costo de la supervivencia, el haber soportado el bombardeo al Hotel Palestine, en Irak, junto con un grupo de colegas, donde vio morir a uno de esos compañeros con los que, después de todo, se puede compartir el último suspiro. “¿Cuánto cuesta sobrevivir?” – repite la pregunta y contesta – “ La depresión tiene que ver con ese período. A veces una bolsa de chocolate…¿cuánto es mucho y cuánto es poco cuando necesitás que te saquen de ahí?"
Cuenta anécdotas, dice que él en Bagdad se iba a buscar gente, historias, que le interesa lo social, que le gusta la calle y no el escritorio.Que los compañeros son el soporte.Que en la guerra no hay exclusivas ni rivalidad periodística. Que una vez se salvó de ser apresado gracias a que salió corriendo aprovechando un bombardeo. Que allí (en medio de la guerra) uno depende del intérprete y del chofer. Que hay que hacer ver que uno tiene dinero pero no demasiado.
La voz de la guerra, el investigador y periodista multimedial, el becario, el master en Boston, el hombre casado con la misma mujer durante veintisiete años, el padre de dos hijas, Gustavo Sierra, afirmó en el prólogo de su libro Kabul-Bagdad-Teherán - “No tengo ninguna esperanza de que estas vayan a ser las últimas guerras que tenga que ver mi generación. La estupidez es infinita y el ser humano es violento por naturaleza. En las guerras se producen situaciones donde estamos más vulnerables y podemos conocernos mejor. Voy a seguir yendo detrás de esa búsqueda de respuestas a nuestro comportamiento. Continuaré siendo un testigo y espero regresar para dar testimonio”.
CURSOS PARA ENFRENTAR EL PELIGRO
LA SALUD MENTAL DE LOS PERIODISTAS ANTE LA VIOLENCIA
La organización Medios para la paz es un equipo humano que está en capacidad de brindar asesoría, ya sea en la búsqueda de fuentes o en la resolución de dilemas propios del ejercicio de la profesión, sobre todo cuando se cubren temas relacionados con la guerra. "No le hacemos la tarea, sin embargo somos conscientes de que el reportero necesita una luz, sabemos que su trabajo lo obliga o tomar decisiones bajo la presión del tiempo, sabemos también que el ejercicio del periodismo involucra el contacto con fuentes armadas, y que esto conlleva riesgos. Más aún en medio de un conflicto interno, donde la información parece convertirse en un 'arma de guerra'.
editor@mediosparalapaz.org
Una comprensión cada vez más amplia de los peligros que conlleva el desempeño de la profesión de informar, está cambiando el tipo de capacitación que los periodistas reciben para cubrir situaciones de conflicto o desastres. En 1995, la muerte en Croacia del reportero John Schofield, de la BBC, llevó a la organización a adoptar el curso de Capacitación para Ambientes Hostiles, que ahora es obligatorio para cualquiera de sus enviados a lugares que atraviesan un conflicto armado o zonas de grandes desastres naturales. Otras organizaciones periodísticas internacionales también están analizando el efecto del trabajo de cobertura de acontecimientos traumáticos en nuestra salud psicológica y en la de nuestro público.
Durante años, los periodistas pensaban que al limitarse a informar sobre la violencia, sin participar de ella, no se veían alcanzados por sus efectos. Allan Little, antiguo corresponsal de guerra de la BBC, comentó en 2001 que él siempre había percibido al TEPT como la "típica cosa de periodistas delicados". Sin embargo, cuando mataron a un colega con el que estaba trabajando se dio cuenta de su equivocación. "Me encerré en mí mismo y me convertí en una persona paranoica, incapaz de trabajar y de interactuar socialmente", recalcó.
Jeremy Bowen, veterano corresponsal de guerra de la BBC, se vio profundamente afectado en 2002 por la muerte del conductor de la BBC y amigo cercano Abed Takoush, a manos de las fuerzas israelíes en el sur del Líbano. "Tiene que cambiar la idea de que uno puede pasarse un década yendo de una guerra a otra sin que te afecte en lo absoluto, y después llevar una vida normal". La BBC, en asociación con el Centro Dart para el Trauma en el Periodismo, de Estados Unidos, está estudiando los efectos de la cobertura de situaciones traumáticas en el público, así como en los periodistas que generan las noticias y quienes las reproducen.

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